La última vez que compré mazapanes

Las cosas más simples son las que más duelen. Ahí estás tú, con cara de gilipollas estirando el brazo en automático para coger sus alfajores y sus mazapanes, con la lista mental de los dulces que ya no tienes a quién comprarle. Y te das cuenta de que no es el sabor, ni el ritual, ni la Navidad en sí lo que importa. Era él. O ella. Era esa mirada que te hacía sentir que estabas haciendo algo bien en esta vida. Era esa sonrisa de "gracias" al llevarle sus dulces navideños favoritos y que ya no volverá.

Y te quedas quieta, con el aire del supermercado clavándote el pecho, preguntándote cómo algo tan dulce puede hacerte sentir tan amarga. No lloras, porque tú no eres de esas. Pero por dentro, estás hecha polvo. Y mientras intentas recomponerte, te das cuenta de que el verdadero significado de la nostalgia no es solo echar de menos lo que fue, sino aprender a vivir con lo que ya no será.

Y eso, amigos, es más difícil de explicar que el sabor de un mazapán que nunca llegará a la mesa de quien más querías.

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