Pa' qué quiero encajar
Desde niña siempre fui distinta, aunque tardé algo en darme cuenta. Mis hobbies nunca fueron -ni han sido, ya de mayor- los típicos: mientras otros coleccionaban cromos o jugaban a lo que se suponía que tocaba, yo me perdía en libros que nadie leía, escuchaba música que para muchos significa "poco más que ruido", me fascinaban historias que no muchos entendían y encontraba belleza en rincones donde nadie miraba.
Después de todo, ¿qué niña de 15 años en 1993 se encerraba en su habitación para desmontar y arreglar ordenadores, como si el mundo real no fuera lo suficientemente complicado? ¿Qué niña devoraba libros de ciencia ficción, soñando con futuros imposibles y galaxias lejanas? ¿Qué niña se quedaba en casa, con los auriculares puestos, dejando que el heavy metal le rugiera en el alma como un himno de resistencia?
Yo lo hacía. Y durante mucho tiempo pensé que aquello me hacía rara, como si tener pasiones diferentes fuera un fallo en el sistema. Me sentí fuera de lugar en un mundo que parecía tener ya escritas las reglas de lo que se suponía que debía gustarme, de cómo debía comportarme, de lo que significaba ser “normal”.
Crecí así, creyendo que aquello me hacía rara, diferente. Y lo diferente pesa cuando eres joven y buscas encajar. Me acostumbré a esconder mis pasiones como quien guarda un tesoro en una caja fuerte, lejos de las miradas que no comprendían. Me acostumbré a esconderme, a disfrazarme de "normalidad", como quien lleva una chaqueta incómoda para una entrevista. Guardé mis pasiones en cajas cerradas, etiquetadas como "cosas que no se cuentan". Que nadie supiera. Que nadie juzgara.
Pero llega un día -quizás un segundo antes de que se te pase la vida- en el que te miras al espejo y no ves reflejo, ves verdad. Y entiendes que lo que creías defecto es tu escudo. Aprendes que no hay vergüenza en amar lo que amas, en cantar lo que sientes, en hacer del corazón bandera aunque lo rasguen las críticas.
Ser una misma, uno mismo, es el acto más revolucionario que existe. Es decirle al mundo: "Aquí estoy, entera, rota, completa y libre". Es bailar cuando nadie entiende tu música, es abrazarte un poquito a aquella adolescente de 15 años a la que veían rara por no encajar en la norma.
Es entonces cuando me vuelvo a mirar al espejo y me sonrío. Porque aquella niña diferente que una vez se sintió sola y perdida hoy está aquí, más viva que nunca. No encajo… y menos mal. Nunca quise ser una pieza más en un puzle sin alma. Que se quede el mundo con su normalidad de escaparate. Yo soy mi propia obra inacabada. Y eso, amigos, es lo más bonito que tengo.
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