Que la vida nos coja cantando
Vivimos en un mundo global que es un espejo roto, donde cada fragmento refleja una verdad distinta. Un mundo tan hermoso que duele, tan jodidamente cruel que hipnotiza. Aquí no hay grises, no señor: todo es una explosión de extremos. Todo te acaricia y te golpea al mismo tiempo, como una canción que empieza suave y termina ardiendo en llamas.
Es un planeta que sangra por las grietas y aun así, encuentra la manera de florecer. Donde el mar, aunque herido, sigue susurrando poemillas entre la espuma de las olas. Un lugar donde los pájaros, testarudos, le gritan al viento que aún queda esperanza, mientras en el barro alguien se consume, olvidado por los demás. Aquí, a la sombra de este mismo cielo que no distingue colores ni fronteras, unos ríen, otros aman, otros sueñan...y en contraste -justo al lado- alguien empuña un fusil por una bandera que ni siente ni le representa.
En este mundo, las máscaras son la única verdad que nos queda. Nos cubrimos con ellas para esconder las cicatrices, para fingir que somos libres mientras el miedo nos lleva, como a niños, de la mano. Aquí, los poderosos construyen castillos en el aire, y nosotros -los de abajo- les vendemos las piedras de nuestra dignidad para que los terminen bien terminados.
Es un teatro, sí. Un carnaval eterno donde el público y los actores son la misma cosa. Porque todos actuamos, todos fingimos. Fingimos que no nos duele la injusticia, fingimos que no escuchamos el llanto de los que no tienen voz. Y el telón nunca cae. Jamás. Porque aquí, en este escenario, el espectáculo no se detiene ni para morir.
Pero a este mundo tan contradictorio, tan hijo de su madre, no se le puede odiar. No. Odiarlo sería enterrar todo por lo que todavía respira. Y mientras haya alguien que le cante a la calle, al frío y a la existencia misma, mientras haya alguien que baile, mientras haya quien ame aunque la vida lo haga trizas, mientras quede alguien que diga "si" con el pecho cuando el mundo le grite "no" en la cara, entonces... entonces todavía hay remedio.
Somos nosotros aquí los que llevamos la luz y la sombra en las manos. Los que decidimos si este cuadro será un poema o una blasfemia. Y aunque el camino esté lleno de piedras, sabemos que cada golpe en el corazón nos enseña a latir más fuerte. Porque, al final, la sombra no es más que una invitación a encender nuestra propia luz.
Y aquí estamos. Decidiendo si pasodoble o silencio, si tambores hasta que salga el sol, si bailar mientras haya sangre en las venas. Que si la vida nos roba el aire, el carnaval nos devuelve la voz. Que si el mundo es un puñal, el carnaval es el canto que no se deja matar. Y porque si algo nos enseña esta fiesta es que hasta en la noche más negra puede brillar una chispita de purpurina -pequeña pero suficiente- que te ilumina el camino y te recuerda que la oscuridad nunca es eterna.
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