Vivo o muerto, tú vendrás conmigo
La gente se suele reír de mi cuando digo que mi película favorita es Robocop. Se ríen con esa risa condescendiente de quien cree saber más que tú de lo que a ti te gusta. Y yo, que tengo más kilómetros de cine que muchos de ellos de postureo, me limito a sonreír. Porque no soy de postureo, salvo el de las fotos de perfil esas que pongo, que ahí sí, porque una tiene su dignidad digital y el algoritmo aprieta.
Pero cuando de verdad hablamos de cine, de lo que me remueve por dentro, yo no vengo aquí a quedar bien ni a dar conferencias en la Filmoteca. Podría soltar lo de Los 400 golpes, El séptimo sello, El sacrificio de un ciervo sagrado o cualquier otra maravilla con la que muchas personas engordan su ego y su estantería de Blu-Rays precintados. Pero no. Sin despreciar estas películas en absoluto (que me encantan y porque una cosa no quita la otra) lo mío es Robocop.
Porque Robocop no es solo tiros, sangre y una armadura de acero inoxidable. Robocop es justicia en un mundo podrido. Es la pregunta eterna de quién manda sobre quién, de dónde acaba la humanidad y empieza la máquina. Y sobre todo es esa Detroit gris y oxidada que, mira tú por dónde, se parece mucho a la vida que actualmente nos toca vivir, con sus megacorporaciones, su violencia a plazos, sus políticos ególatras de piel naranja, sus gurús tecnológicos con delirios de grandeza sideral y donde todo está externalizado o privatizado, hasta la policía. Es curioso que un director holandés como Paul Verhoeven tuviera que venir a sacarle las vergüenzas al país más poderoso del mundo, convirtiendo su mensaje en algo atemporal, en una sátira descarnada que -por desgracia- se puede aplicar a mucho de lo que hoy ocurre en el planeta; porque la distopía de ayer es la realidad de hoy, y seguimos aplaudiendo la brutalidad envuelta en bandera(s) mientras los de arriba juegan a ser dioses, y los de abajo apenas sobreviven.
Y sí, lo digo sin vergüenza: para mí, es la película perfecta en su género. No porque sea la más profunda ni la más artística ni la más "bienqueda", sino porque me la sé de memoria y cada vez que la veo, sigo sintiendo ese pellizco en el estómago, el mismo que sentí cuando la vi en la pantalla grande de un Cine Menacho lleno de humo, olor a palomitas y butacas que aún conservaban el sonido reciente del primer premio de aquellos Ad Libitum vestidos de Guardia Inglesa . Esa sensación de que, en un mundo donde todo parece estar diseñado para que perdamos, todavía queda sitio para un agente de policía íntegro que, siendo medio hombre, medio máquina, sigue luchando por hacer lo correcto. Y al final, cuando todo parece perdido, después de tanto golpe, de tanta pérdida, de tanta programación para ser una máquina obediente, queda lo más importante: lo humano. Cuando le preguntan, en esos últimos fotogramas, aquello de “Buen trabajo, hijo. ¿Cómo te llamas?”, él no duda, no se esconde detrás de su armadura de metal. Sólo dice: ‘Murphy’. Es en ese momento, con los créditos ya en pantalla, cuando vence lo humano sobre la máquina; porque podrán convertirnos en engranajes de un sistema donde somos meras fichas intercambiables, podrán arrebatarnos casi todo, pero mientras recordemos quiénes somos, la humanidad siempre saldrá ganando.
Así que sí, ríete si quieres, presume de Bergman, Truffaut y Lanthimos, pero cuando salgas del cine y la vida te dé una paliza, pregúntate si serías capaz de levantarte, andar por ahí con tus heridas y decir: “Vivo o muerto, tú vendrás conmigo”. Porque yo, mientras tanto, seguiré viendo Robocop y aplaudiendo cada disparo, cada explosión, cada sentencia y cada paso firme de un héroe que no necesita postureo para saber lo que vale.
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